Desde que la COVID-19 irrumpió en nuestras vidas, las pantallas se han vuelto aún más omnipresentes en nuestras casas. El teletrabajo nos ha permitido dejar de andar de un lado para otro aceleradamente, pero también nos ha robado intimidad y metido en un bucle infinito de presente continuo que, según la escritora y científica titular del Instituto de Filosofía del CSIC Remedios Zafra, es necesario frenar para recuperar nuestro pensamiento interior. De pensamiento, tecnología, teletrabajo, futuro y cuidados pudimos oírla charlar en el ciclo de conferencias virtuales Fuera de Eje de CaixaForum, un placer cargado de sabiduría e ideas para aprovechar la crisis y transformar la realidad. Una conversación que puedes volver a ver en el Ágora digital

En tu reciente charla con Marta Peirano decías que la pandemia es comparable a que se nos derrumbe la casa. Y que si eso nos pasara, aprovecharíamos para construirla mejor.
Sí, esto que parece trágico es una oportunidad de freno para pensar. Debemos aprovechar este zarandeo vital para aplicar imaginación y transformar esa vida que vivíamos, tan condicionada por las nuevas formas de capitalismo, la hiperproductividad y la celeridad. Nuestra “casa” tenía tantas fallas, tantos problemas, que deberíamos construir una nueva habiendo aprendido de nuestros errores.

 

 

¿En qué áreas deberíamos aprovechar para hacer más reformas?
En sanidad y cuidados, tareas feminizadas y precarizadas. Y en ciencia e investigación, también precarizadas. Una comunidad que solo depende (o mayormente) del turismo es demasiado vulnerable. Sería valioso para nuestro futuro común repensarnos como sociedad más sustentada en la ciencia y el conocimiento.

Tú consideras que para llevar a cabo estas mejoras tenemos que vencer la inercia y saturación tecnológicas. Es decir, desconectar.
Desconectar como una oportunidad de recuperar algo que está en crisis: la atención. Por ella compiten hoy los medios, es uno de los tesoros contemporáneos. Y necesitamos un tiempo “con párpados” que, frente a un mundo hipervisibilizado donde vemos y somos vistos todo el rato, nos permita recuperar el pensamiento interior y la concentración. En nuestra anterior forma de vivir era muy difícil ese parar a pensar. Y no puede haber un pensamiento real si no hay tiempo para pensar.

¡Has llegado a decir que para ti este tiempo extra ha sido un “regalo de cumpleaños”!
Para mí el confinamiento fue la oportunidad de recuperar la concentración para la escritura, antes torpedeada con viajes e interrupciones constantes. Para quienes nos dedicamos a trabajos creativos y académicos, hoy en día es muy habitual dedicar el mínimo tiempo a esa vocación o pasión que amamos y la mayor parte al trabajo que nos da el sueldo, cargado cada vez más de burocracia, autogestión, autoevaluación y desplazamientos… Mi consejo sería intentar reconciliarnos con aquello que nos apasiona, nos motiva y nos punza creativamente, y entender que el tiempo de lectura y de creación nunca es un tiempo perdido.

Entonces, ¿el confinamiento va a jugar a favor del desarrollo cultural y el pensamiento?
Bajo una lectura materialista no, porque se ha incrementado la precariedad que ya existía en el contexto cultural, aumentando la incertidumbre de la “cancelación”. Pero de manera más íntima, la potencia de los confinamientos nos ha demostrado a lo largo de la historia que ha impulsado grandes obras literarias y científicas. Si por algo se caracterizan la mayoría de trabajadores creativos es por dedicarse a pensar e imaginar y esto es viable en “el interior”. Sin embargo, para que esto no sea privilegio de quienes tienen recursos, los creadores deben ser vistos como “trabajadores” necesarios que precisan ser apoyados como cualquier otro sector.

¿Por qué si la tecnología nos ahorra tanto tiempo desde que la usamos tenemos tan poco?
Surgen nuevas necesidades motivadas por la tecnología y en cuanto que la llevamos con nosotros, el trabajo viene con nosotros, y se hace líquido. Es como si nunca terminara. Estamos enganchados al trabajo porque estamos enganchados a la tecnología. Tomar conciencia de esa inercia es un primer paso para romperla. Estamos aprendiendo, y desconectar es parte de ese aprendizaje.

Vivimos el trabajo y el ocio a través de las mismas pantallas. ¿Podemos escapar?
Es cierto: antes del trabajo a casa te dabas un paseo, y ahora no hay transición entre pantalla y pantalla. Podemos escapar si tomamos conciencia de que nos dociliza y hace esclavos. Esto requiere un cambio personal, pero también de estructura laboral. No creo que el teletrabajo sea algo temporal, debe quedarse (da sentido a lo que hacemos independientemente de dónde estamos, limita desplazamientos contaminantes, optimiza tiempos…), pero con cambios. Porque si se hace de una forma acelerada consigue justo lo contrario. El ejemplo más claro es el encaje de conciliación y teletrabajo que ha perjudicado a muchas mujeres en el primer confinamiento.

De hecho, se habla mucho del virus, la economía, la educación, la cultura y hasta de los bares, pero poco o nada sobre conciliación y cuidados. ¿Por qué?
Pienso que tiene que ver con los ámbitos que son de interés para quienes mandan, con la masculinización del poder y de la política. Una política de tuits, ni reflexiva ni dialogante que, buscando esos titulares, está perdiendo los debates que realmente nos importan. 

Otro debate actual es la privacidad de datos. ¿Debemos pelearlo o asumir que ya no existe?
Nunca hay que resignarse a ceder la privacidad porque en ella va también la intimidad. Y una comunidad sin intimidad y sin ciudadanía es una comunidad vencida y desarticulada. Google sabe tanto de nuestra intimidad que no solo nos conoce, ¡sino que nos predice! Cabe resistirse y cabe exigirlo a la política. El problema es que hemos cedido a la economía el poder humano. Y la economía no debería estar por encima de las democracias ni de las personas.

En estos momentos en que todo pinta mal, abres una vía de solución revolucionaria: la poética de la imaginación.
Hay una analogía que puede ayudar a explicarlo. En mi libro (h)adas reivindico pasar de teclear para repetir mundo a teclear para imaginar lo posible, en cuanto que nos ayuda a identificar la opresión y a idear alternativas. Creo que lo que cambia un mundo antes ha tenido que perturbarlo para evitar su replicación. Esa incomodidad viene de la imaginación. Y la imaginación perturba porque nos hace adelantarnos y especular vías posibles, predecir riesgos, fantasear con formas mejoradas y, en vez de caer en el lamento, nos da una visión propositiva. Decimos «ante esto, lo que podemos hacer es…». Y esa es una visión que se contagia.

 

Texto: Ana Portolés
Fotografía: Xavi García