Érase una vez una persona a la que le habían contado muchos cuentos. Muchos cuentos de pequeña y muchos cuentos de mayor, pero el más importante de todos era el que ella misma se repetía todos los días. Un cuento que limitaba su mundo y su creatividad y le dictaba, implacable, lo que podía esperar o no de la vida. Hasta que, un día, apareció un caballero terapeuta llamado Jordi Amenós que le ayudó a encontrar nuevas miradas para actualizar sus mitos y así romper el hechizo que le impedía vivir su propia vida.

Jordi Amenós, creador de la narrativa terapéutica y ponente en la II Jornada Pedagógica de Invulnerables y en la IV Jornada de Atención Psicosocial organizadas por la Obra Social ”la Caixa”, asegura que los humanos somos, cómo dice Sam Keen, seres biomíticos cuyo principal lenguaje son las historias. Al parecer, hay historias que nos llevan a nuestra vida e historias que nos sacan de ella. Por eso es tan importante escuchar en qué forma nos la estamos narrando y realizar un trabajo de exploración de nuestro propio mito personal y de nuestras cegueras argumentales.

¿Qué es eso de la ceguera argumental?
Hay personas que son más fieles a sus historias que a la propia vida. Personas que, por ejemplo, son fieles al arquetipo de víctima de papá o mamá y son incapaces de leer buenas noticias que les están ocurriendo, de ver los éxitos que cosechan. Hay otros que no ven a su pareja tal y como es porque siguen contándose que debería ser de otra manera y, mientras tanto, se pierden lo que tienen delante. Son “cegueras argumentales” que nos impiden ver de forma más real y viva nuestra propia existencia.

 

 

Dices que somos una cultura con una gran desorientación existencial.
La OMS prevé que en el año 2030 la depresión sea la primera causa de discapacidad. Y yo creo que, entre otros motivos, es porque nos falta un idioma. Vivimos inmersos en el mito tecnocientífico, donde solo lo demostrable es válido, y necesitamos otros lenguajes más simbólicos, más artísticos, más metafóricos y poéticos para reconocernos: el arte, la danza, las historias, la poesía… Lo que propone la narrativa terapéutica es encontrar de nuevo una relación con el misterio. La ciencia nos dice por qué sucede todo, pero no nos dice cómo vivir.

¿Cómo nos pueden ayudar las historias?
Son útiles porque con las historias nadie se siente atacado personalmente y, con las resistencias mentales bajas, llegamos más fácilmente a la autorreflexión. Tras escuchar la historia, volvemos a centrarnos en nosotros en vez de buscar respuestas en lugares en donde no están.

Hablando de ficción, en las pelis del oeste se dice eso de “Ríndete, cobarde”, pero tú dices que deberíamos decir “Ríndete, valiente”…
A veces lo interesante es abandonar la lucha neurótica y rendirse a la evidencia. De que hay un dolor que necesita ser expresado. De que tienes miedo. De que no eres capaz. De que necesitas ayuda. De que estás enamorado. De que tienes dones que estás ignorando. Nos rendimos de forma sabia cuando podemos escuchar profundamente hacia dónde quiere ir nuestro corazón y nuestra alma.

Muchas empresas contratan tus servicios.
A veces el estrés cotidiano y la propia mitología empresarial nos hace dejar de vernos como seres humanos, con sus dones y sus límites. El profesional debe rehumanizarse y descubrir que, por muy profesional que sea, sigue siendo un ser humano. Y eso es un tesoro que quizá te hace mejor profesional. He visto equipos muy peleados, gente que hacía 10 años que no se hablaba, y después de un team stories, acabar abrazados y llorando.

¿Cómo? ¿Qué les dices en esos talleres?
No, yo no doy consejos. En los team stories les propongo que descubran, a través de experiencias y dinámicas, cómo están narrando la historia y quién hay detrás, a quién no han visto. Se produce un “darse cuenta” de que, en realidad, todos estamos bailando como podemos; el que no fue abusado no tuvo madre o padre, y el que no, tiene problemas con el alcohol o el dinero… Lo he visto decenas de veces. Cuando recuperamos esa vulnerabilidad colectiva podemos vernos de forma diferente y redescubrir al otro. La distancia entre un ser humano y otro es la misma que hay entre uno y uno mismo.

También has publicado ¿Dónde está la luna?, un libro para trabajar la imaginación en los niños y en las familias.
Hasta los 5 o 6 años, los niños fabulan para conocer el mundo. Es muy importante que se les cuenten cuentos y que se les escuche cuando narran, porque están construyéndose gracias a la ficción. Un niño que fabula podrá ser un adulto creativo. De hecho, cuando luego en las empresas me piden asesorías de creatividad, me encuentro con los niños que esos profesionales fueron una vez: endurecidos, hiperexigidos, que no han podido encontrar un lugar en el corazón del ser humano. Propongo recuperar esa fabulación espontánea. Es importante rescatar a esos niños dolidos, asustados o exigidos que viven dentro de nosotros.

¿Y qué conseguiremos cuando nos contemos nuestra vida de otras maneras?
Cuando la gente abandona su narrativa fija y actualiza su guion interno, muchas veces se abren procesos para que la persona gane fuerza y viva una apertura a la experiencia vital, con toda la alegría, autoestima y vitalidad que eso puede dar. Y, sobre todo, descubre o potencia de forma muy fuerte su creatividad.

 

Entrevista: Ana Portolés