¿En qué piensa una persona sus últimos días o meses de vida? ¿En sus seres queridos? ¿Su legado? ¿Dejar atada la herencia? ¿Dejar de sentir dolor? Seguramente, pero también en su paz interior. Busca encontrar sentido a lo vivido. Atender, quizá con más urgencia que nunca, su dimensión espiritual. Es por eso que la Obra Social ”la Caixa” publica el libro Atención religiosa al final de la vida, una guía elaborada por expertos como el doctor en teología y director de la Asociación UNESCO para el Diálogo Interreligioso Francesc Torradeflot, pensada para que los profesionales sanitarios (médicos, trabajadores sociales, psicólogos…) puedan proporcionar una atención integral a las personas con enfermedades avanzadas de cualquier credo.

Da la sensación de que la religión es un tema que está de capa caída. ¿Por qué durante una enfermedad grave o al final de la vida nos volvemos a acordar de ella?
Yo no creo que esté de capa caída. Todo el mundo tiene una dimensión profunda de la existencia que necesita cultivar. Lo que pasa es que, ahora, en vez de espiritualidad lo llaman calidad humana. Y claro, la cercanía de la muerte es “la hora de la verdad”, como en los antiguos westerns. La hora de poner las cosas realmente importantes en primer lugar.

¿Qué nos da la religión en ese momento que no pueda darnos, por ejemplo, la filosofía o el arte?
La religión permite que la persona pueda tener una relación directa con la sabiduría humana milenaria más profunda. Los grandes textos sagrados son como sabios que, a diferencia de los filósofos, se comunican con un lenguaje muy llano que la gente entiende. Lo que pasa es que un milenial quizá no los entienda, porque son textos llenos de creencias y mitos muy alejados de su realidad científico-técnica. Pero si supera ese obstáculo y es capaz de leerlos como poemas, le esperan unos textos muy sugerentes. Y sí, la religión es muy parecida al arte. En las ceremonias funerarias de los no creyentes, ateos o agnósticos, la mayor parte de los textos que se citan son de artistas, poetas, escritores… A través del arte tienen una paraexperiencia religiosa laica.

 

 

Entonces, para ti, ¿la atención a personas en esta situación no es completa sin un servicio espiritual?
No. Hasta la OMS está a punto de cambiar su definición de salud para incorporar explícitamente la palabra espiritualidad en ella. Y la Obra Social ”la Caixa” vio muy rápido que en su Programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas hacía falta algo más que el servicio psicológico, aunque este sea fundamental y muy necesario.

¿Y cómo llega una persona enferma a recibir ese servicio espiritual? ¿Quién le pregunta de qué religión es? ¿Cómo es el protocolo?
Los profesionales de los centros de salud informan al paciente de que tiene derecho a este servicio. Y si está interesado, se ponen en contacto con los profesionales o voluntarios que trabajan en el acompañamiento espiritual de su confesión. Los que tienen más acceso son los católicos (gracias a un concordato entre Iglesia y Estado) y después protestantes, judíos y musulmanes, que firmaron acuerdos en 1992. Hay otras minorías religiosas —sijs, hindús, testigos de Jehová— que no tienen este servicio por defecto, pero lo pueden pedir. Entonces el hospital llama a la Dirección General de Asuntos Religiosos y pide un líder religioso que los acompañe.

También se les da el libro del que has sido coordinador junto a Xavier Sobrevia. Una obra bastante pionera.
Sí. Es una guía interreligiosa que está en internet y se puede pedir en versión física. ¡Yo no tuve nunca la posibilidad de leer un libro como este! Y ahora, por primera vez en la historia de Cataluña y España, está disponible gratis para cualquier persona.

Cada capítulo está dedicado a una religión y en cada uno se explica, con mucho rigor (la lista de expertos participantes es importante), cómo afronta esa religión la enfermedad y la muerte. ¿Qué tienen todas en común y en qué se diferencian?
En común: todas buscan el bienestar del ser humano. Y a la hora de la muerte, todas buscan palabras sabias que le den un sentido. En el libro incluimos varios textos de cada tradición que yo recomiendo leer aunque no sean de tu credo ¡y aunque no tengas una enfermedad avanzada! Y las diferencias están en dónde pone cada una el acento: el cristianismo, en el amor, la caridad y la misericordia; el budismo, en la sabiduría y el conocimiento; las religiones chinas como el confucionismo y el taoísmo, en la naturaleza, la espontaneidad y la comunión orgánica con el universo… Todas lo tienen todo, pero lo que subrayan es distinto.

Tú eres un gran defensor del diálogo interreligioso. ¿Dirías que avanzamos o vamos para atrás?
Ahora estamos en una encrucijada. Y según lo que hagamos, iremos hacia una sociedad de tolerancia, respeto y libertad o hacia la destrucción del planeta. Y no lo digo yo, lo dice Naciones Unidas: “Si no cultivamos la interculturalidad y la ponemos a dialogar, iremos hacia la extinción de la raza humana”. Las personas han de entender que el diálogo no es para que nadie se convierta a otra religión, sino para conocer más la propia.

Volviendo al libro, ¿por qué debería leerlo una persona que esté a punto de morir?
Porque le da acceso a algo que no se puede verbalizar: la dimensión absoluta de la existencia. Obviamente, ninguno de estos textos consigue decir, todos apuntan, sugieren… tienes que mirar a dónde apuntan para acceder a esa dimensión absoluta más allá del lenguaje y la razón.

¿Qué es lo que más buscamos las personas en esos últimos momentos?
Humanidad, ternura y vida más allá de la muerte, una vida que no se pierda. Fíjate en que incluso para los ateos hay una inmortalidad, porque tras la muerte queda el recuerdo del que se va, o sea, que hay una cierta creencia en la inmortalidad del que muere: su huella.

¿Y qué consideras que es lo mejor que te puede pasar al final de la vida, espiritualmente hablando?
Que no pienses demasiado en ti mismo. Ni que te duele el pie ni que el enfermero aún no te ha traído la cena. Si eres capaz de llegar a esta etapa final con una actitud de generosidad, vivirás para siempre.

Vale, ni en el pie ni en la cena. Entonces, ¿en qué nos centramos?
En el todo y en la nada. En cada instante que vives, porque es eterno. Si hay una planta en el balcón de tu casa y tú la ves desde tu silla de ruedas, fíjate en las hojas de esa planta y haz de ellas toda la eternidad. Si eres capaz de hacer eso, ni te angustias ni te deprimes. Te vas en paz.

¿Cómo te gustaría que fueran tus últimos momentos?
Me gustaría estar tan pendiente de la vida no me diera cuenta de que me estoy muriendo.

 

Entrevista: Ana Portolés
Fotografía: Laia Sabaté