Es capaz de mantener la pasión por las motos aunque fue una de ellas, “en una curva tonta, a 50 km/h”, la que lo llevó a estar en silla de ruedas desde el 2007. Pero a Jose Coronado, de 42 años, no se lo vence tan fácilmente. Cambió las motos por el tenis de silla, y cuando no está jugando sobre la tierra batida del Real Club de Polo de Barcelona o por las pistas de Europa, está en sus despachos montando el primer torneo internacional de tenis en silla de ruedas, cuya segunda edición se disputa en Barcelona del 27 de junio al 1 de julio, con la Obra Social ”la Caixa” entre sus patrocinadores. El resto del tiempo Jose lo pasa disfrutando de Héctor y Adriana, sus mellizos de cinco años. Sus pequeños y el tenis consiguen que la sonrisa de su rostro sea igual de ancha, o más, que antes del accidente que le cambió la vida o, como él dice, le dio una segunda.  

¿Cómo llegó el tenis a tu vida?
Conocí el deporte adaptado en el proceso de rehabilitación que hice en el Instituto Guttmann, poco después del accidente. Un día, estaba con mi mujer en el campeonato de España, viendo competir, y flipé con cómo movían las sillas los jugadores, cómo le pegaban. Yo estaba enganchado a la valla y mi mujer me dijo: “¿No me dirás que ahora quieres ser tenista?”. Y sí, aquí estoy, compitiendo desde el 2010.

No contento con eso, decidiste montar un torneo de tenis.
Sí, porque siempre que viajaba para competir me pasaba lo mismo. Me preguntaban de dónde era y cuando respondía que de Barcelona, todo el mundo se deshacía en elogios y decían que se morían por venir. Y yo me preguntaba: “¿Por qué no hay un torneo internacional de tenis de silla en la ciudad?”.

 

 

¿Y cómo lo conseguiste?
Paralelamente, había conocido a Johan Cruyff en un evento de pádel. Él me ayudó a financiarme para competir el primer año. Bueno, en realidad me dijo: “Te ayudo un año y después será cosa tuya demostrar si vales o no vales”. Luego me hicieron embajador de la Fundación Cruyff, que también me concedió una beca para estudiar un máster en gestión deportiva. Allí obtuve los conocimientos de marketing y finanzas y empecé a idear el torneo, que comenzó siendo un trabajo del máster. Pero algunos profesores me dijeron que el proyecto era muy chulo y que tenía que llevarlo adelante. Y el año pasado se celebró la primera edición.

Parece que tal y como te quedaste en silla de ruedas te pusiste con la raqueta, ¿pero cómo fue realmente ese proceso de reinventarte?
Empezar una nueva vida no es fácil. Te despiertas un día en el hospital y no sientes las piernas. Y piensas: “Ostras, ¿y ahora qué va a ser de mi vida?”. Al principio sientes mucho miedo y crees que te convertirás en un inútil, que te quedarás para siempre en una cama. Luego te das cuenta de que no es así. También hay un período de rabia en el que te preguntas: “¿Por qué a mí?”. Pero intento pensar en positivo. Sí, me podría haber tocado una lesión mejor, pero también una peor. Con ese análisis de pensar que había tenido mucha suerte, que solo iba en una silla y que no pasaba nada, fui saliendo adelante. Y luego, con la rehabilitación llegó el tenis, que me puso más fuerte y mejoró mi autonomía. Fue un acierto utilizar el tenis como forma de rehabilitación y de inclusión social.

Es un deporte un poco solitario para ser una terapia.
Sí, pero también hace que te espabiles, porque tienes que viajar solo por Europa y ganas en autonomía. Yo probé el baloncesto y me dieron tantas hostias que pensé que no era para mí. El tenis también es duro, técnica, física y mentalmente. Pero a mí me motiva, aunque a veces lo pasas fatal en un partido de dos horas y media porque, a diferencia de otros deportes como la natación o correr, estás solo, pero en el otro lado tienes a un tipo que te quiere fastidiar. Luego, fuera de la pista, hay muy buen ambiente entre los deportistas. Tengo muy buenos amigos en el circuito.

También has ganado títulos en dobles…
Es más agradecido. Cuando uno está flojo, el otro aprieta. Cuando se gana, la satisfacción es mayor; cuando se pierde, tienes un consuelo. Y también es más espectacular, porque los intercambios son más largos, y a veces incluso podemos llegar a chocar, cuando la bola cae al medio y vamos los dos a la vez. Es divertido.

¿Prefieres organizar un torneo o jugarlo?
Prefiero jugarlo, pero montarlo tiene una motivación detrás: la de cumplir mi sueño de dar a conocer el tenis de silla de ruedas. Es superespectacular y gusta mucho. Hay que enseñárselo al mundo. El trabajo de organizarlo es duro y genera mucho estrés, pero cuando empiezas a recibir felicitaciones de jugadores, público, instituciones, etc., es muy gratificante. Cuando la competición se me acabe seguiré con la organización. Tengo la deuda moral de devolverle al tenis lo que me ha dado. ¡Así que vente al torneo y tráete a tus colegas!

¿Qué otras pasiones tienes fuera del tenis?
A día de hoy, sobre todo, mis hijos Héctor y Adriana, mellizos de cinco años, que crecen demasiado rápido. Quiero disfrutar de mi familia. Lo que no ha sido posible es que le den a la raqueta. Él hace judo y ella, gimnasia rítmica. No les gusta el tenis.

No parece que ir en silla de ruedas te haya hecho menos feliz.
Yo soy 100 % feliz. Exactamente igual de feliz que antes del accidente. O quizá incluso un poco más. Todo lo que tengo es gracias a la silla de ruedas. Si estoy aquí y organizo este torneo es gracias a la silla de ruedas. Yo he vivido dos vidas. Una vida antes y otra sentado. Claro que preferiría andar, porque sería todo más fácil, pero esta experiencia me ha ayudado a centrarme en lo que realmente es importante.

 

Entrevista: Germán Aranda
Fotografía: Rita Puig-Serra