La primera cámara que tuvo el fotógrafo Rubén Plasencia fue una de las Tortugas Ninja. En cada foto que hacía, salía una tortuga ninja en la esquina. Se la regaló su abuelo, con quien salía de excursión todos los domingos por su isla, Tenerife, cuando era niño. “Íbamos en guagua y siempre iba con su Polaroid, con la que me retrataba en todos los lugares. Siempre me he sentido muy identificado con él”, recuerda con cariño. Hoy, el fotógrafo tinerfeño se ha convertido en un artista de la imagen que, como Caravaggio (o Diane Arbus, en su versión más actual), sabe captar esa chispa divina que se esconde tras la cotidianeidad. “Me gusta dialogar con las personas, preguntar, aprender, como es el caso de esta fotografía que realicé durante una sesión de terapia con caballos para niños y niñas con diversidad funcional en las instalaciones de la Asociación para el Fomento de las Terapias Ecuestres en Canarias, en la isla de Gran Canaria. La capté justo después de que el niño completara una de las actividades y refleja el momento de celebración con la monitora”. Allí, percibió el gran vínculo que existía entre los niños y los monitores, voluntarios de la Fundación ”la Caixa”. “Sentí que llevan a cabo una labor que va mucho más allá de un simple trabajo. Me encanta realizar en este tipo de encargos porque vuelvo a casa con una lección de vida”.